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Página 1 de 5 La misión de nuestra vida consagrada y la vitalidad de nuestro Instituto dependen indudablemente de la fidelidad con que cada uno de nosotros responde a su vocación, pero tienen futuro en la medida en que otros jóvenes acogen la llamada del Señor. Sabemos que debemos dirigir una constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia, para hacer frente a las exigencias de la nueva evangelización, especialmente en los campos educativo, matrimonial y familiar. Y nos esforzamos también, mediante el anuncio explícito y una catequesis adecuada, por favorecer en los llamados a nuestra vida consagrada la respuesta libre, pronta y generosa, a la gracia de la vocación. La invitación de Jesús “Venid y veréis” (Jn 1,39) sigue siendo aún hoy la Regla de oro de la Pastoral Vocacional. En la escena del evangelio narrada por San Juan se revelan tres actitudes esenciales de toda vocación: la búsqueda (“¿Qué buscáis?”), el seguimiento (“Al ver que lo seguían”) y el permanecer con Él (“Y se quedaron con él”). Y además no esconde el fuerte impacto que les produjo aquel primer contacto con Jesús. San Juan, cuando, muchos años después, escribió el Evangelio, recordaba que aquel encuentro se había producido “a las cuatro de la tarde”. Por tanto, la primera tarea de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades consiste en proponer valerosamente con la palabra y con el ejemplo, el ideal del seguimiento de Cristo. Como nos recuerdan las Constituciones, la mejor alabanza y recomendación de nuestro Instituto y la invitación más eficaz para abrazar la vid religiosa en él es nuestra propia vida, humilde y laboriosa, llevada con alegría en amor de fraternidad.
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