Formación permanente

“La formación permanente, tanto para los institutos de vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una exigencia intrínseca de la consagración religiosa...(porque) el proceso formativo no se reduce a la fase inicial, puesto que, la limitación humana, la persona consagrada no podrá suponer jamás que ha completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial por tanto, debe engarzarse con la formación permanente creando en el sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida (VC, 69)
El proceso de formación permanente
La exigencia de una formación permanente proviene de la naturaleza misma de cada vocación por la cual Dios llama personalmente, en cada momento y circunstancias siempre nuevas. La esencia de la vocación a la vida consagrada consiste en un seguimiento de Cristo en el que su persona y sus enseñanzas se van gradualmente interiorizando. Es un proceso continuo, un esfuerzo que dura toda la vida puesto que seguir a Cristo significa estar en camino, no pararse o pensar que ya se ha “llegado”. La formación permanente requiere una atención particular a la voz del Espíritu, que se manifiesta en los signos de los tiempos y de los lugares, para estar en grado de ofrecer una respuesta adecuada en cada circunstancia.
La formación permanente es un proceso global de renovación que incluye todos los aspectos de la persona consagrada y de su instituto. Mientras la formación inicial se ordena a la adquisición por parte del formando de una suficiente autonomía para vivir con fidelidad su responsabilidad de persona consagrada, la formación permanente lo ayuda a integrar la creatividad en la fidelidad. Esto se ha hecho indispensable a causa de los continuos cambios culturales. Es posible y será eficaz solo si la persona consagrada asume el compromiso de actualizarse en todo lo que es importante para su vida religiosa y apostólica. Esta actualización doctrinal y profesional comprende la profundización bíblica y teológica, el estudio de los documentos del magisterio universal y particular, un mayor conocimiento de la cultura de los lugares en los cuales se vive y se trabaja y una superación profesional y técnica.
La formación permanente es una responsabilidad tanto personal como comunitaria. Es necesario asumir esa actividad de modo sistemático, con una programación adecuada que tenga en cuenta las carencias de la comunidad y los miembros, estableciendo las prioridades. De manera especial corresponde a los superiores procurar que los miembros de sus comunidades sean fieles a sus responsabilidades con relación a la actualización y a la renovación , como los llamados períodos sabáticos, que son tiempos de receso para profundizar en los aspectos de su consagración, comunión y misión.