Las Constituciones, que son la lectura que, del Evangelio, hizo para nosotros nuestro Fundador, San José Manyanet, dicen en el número 2: “Con ánimo agradecido vemos el amor que nos ha tenido el Padre para llamarnos HIJOS DE LA SAGRADA FAMILIA, JESÚS, MARÍA Y JOSÉ, pues lo somos”.Como hijos agradecidos miramos confiados a Dios, nuestro Padre, nos ponemos en sus manos y tratamos de vivir en nuestras vidas y en todo nuestro ministerio religioso y sacerdotal , el ejemplo extraordinario que nos ofreció en Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, junto a María y José en Nazaret.
San José Manyanet acudía espiritualmente cada día a Nazaret. En sus visitas oraba y contemplaba el misterio de Dios encarnado en el hogar de María y José. Y allí descubrió, no solo su vocación y misión, también la fuerza de su espiritualidad y apostolado.
La espiritualidad de Nazaret nace de lo profundo de la historia, se revela en lo cotidiano de la existencia y transforma, desde dentro de la realidad, la vida, orientándola hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios.
Es en la vida humana con todas las contradicciones inherentes a su condición histórica y mortal donde se manifiesta la fuerza redentora de Jesús, por eso la familia de Nazaret es el hogar, la escuela de los religiosos y de las familias.
En 1896, con la celebración del primer Capítulo General, se inició el procedimiento canónico que había de asegurar la supervivencia de la Congregación en el tiempo. El Padre Manyanet, al título de Fundador, añadió en aquella ocasión, contra su voluntad, el de primer Superior General. Hoy suman ya 21 los encuentros fraternos de todos los religiosos en Capítulo General.
El Superior General de cada época es el sucesor del Fundador del Instituto y el centro de unidad de toda la Congregación. Su principal preocupación es, en comunión con el Consejo General, promover una constante y renovada fidelidad de todos los religiosos a la vocación y animar para que se realice la misión confiada al Instituto por la Iglesia.

Desde los primeros años de la fundación del Instituto, siguiendo las huellas de San José Manyanet, los religiosos —sacerdotes, hermanos coadjutores y escolares— de toda edad y formación, han consumido generosamente sus vidas en los ministerios propios y en diversas partes del mundo.
Los Siervos de Dios Jaume Puig y 19 Compañeros son ejemplos singulares de esta fidelidad y donación silenciosa que ellos, por un don especial de Dios a ellos mismos, al Instituto y a la Iglesia, sellaron con su propia sangre. El proceso de declaración de martirio de todos ellos se encuentra en fase de estudio en Roma.




















Tú, Señor, nos llamas a que nuestra unión y nuestro estilo de convivencia, inspirado en el Evangelio, sea como una ventana abierta que refleje tu amor, tu paz, tu santidad. 


Susbribirse a la sindicación RSS
